Antes de subir, en su uniforme alcancé a atisbar un bordado con la leyenda “Merridew”. Es atractiva… Y tiene cara de pocos amigos… literal, y, bueno, viéndola mejor, también en sentido figurado.
Siento un codazo.
– ¿Qué viste, marica? – me pregunta el estúpido de Fernando con tono burlón.
– Cállate – le reprendo.
A los cinco segundos no puedo evitar girar mi cabeza y verla de nuevo. ¿Tomará a diario este mismo transporte y a esta misma hora? ¿Notará mi mirada? No me importa. Le sigo mirando. La veo colocar una mano sobre su cabello que se alborota rebeldemente con el viento y a los dos segundos la veo poner los ojos en blanco con una molestia inminente.
Noto que Fernando se gira para ver el objeto que roba mis miradas.
– Que tenga audífonos significa que no puede oírte, mojón parlante, no que no pueda verte – se burla –. Le molestas. Vele la cara de “puaj”.
Giro de nuevo hacia adelante con sorna. Durante todo el camino – afortunadamente es largo – no puedo dejar de voltear. Ella no me mira, pero seguramente siente mis ojos puestos en ella y noto sus gestos de enojo; sin embargo, me sigue resultando llamativa.
Al bajar del transporte, Fernando vuelve a meter su narizota donde no le llaman.
– No entiendo qué ganas con verla como pendejo, cabrón – dice en tono de burla y a la vez de reprensión pura típica de un amigo – Lo único que conseguiste fue que se molestara. Ni que quisieras grabar su cara en tu cabezota, porque no me vas a mentir que al rato te encuentras a otra y esta se te va a olvidar en un santiamén. Pinche Diego.
Y dicho esto me da un golpecillo en la nuca, al cual yo respondo con más golpes sin verdadero enojo y continuamos caminando hacia nuestro destino.
Vaya, todos los chicos deberían de tener un amigo que diera concejos como los de Fernando.


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