– Hola Dadá.
– (Levantando su cabeza del vidrio de la ventana) Hola, ¿quién es?
– No soy nadie en especial.
– (Vuelve a recargar la cabeza) Ah, ¿qué quieres?
– Nada en especial.
– (Olvida y sigue observando hacia fuera)
– Esta lloviendo. ¿Por qué no sales a jugar?
– (No despega la vista) (Miente) No me gusta jugar. Y menos en la lluvia.
– ¿Por qué no, pequeña Dadá?
– Reiría. Yo nunca río.
– ¿Quién te ha quitado la sonrisa?
– Soy un pseudónimo que nunca ríe.
– Y, ¿por qué no?
– No me gusta. No me agrada mostrar sentimientos ni emociones.
– Entonces muestras temor.
– (Molesta) No es temor.
– ¿Muestras tristeza?
– Como sea.
– ¿Muestras amor?
– (Se acomoda el cabello) Nunca. No se que es eso.
– Dices que eres un pseudónimo.
– (Asiente)
– Y, ¿esos se pueden combinar?
– (Irritada) ¡No! Yo soy una y… hay otra u otras o no sé.
– Yo las he visto juntas.
– Mentira, yo… no salgo con nadie.
– Ay, pequeña Dadá, ¿no es cierto que tu te enfrentabas de cara al amor y lo rechazabas rotundamente, cuando en realidad deseabas abrirle las puertas?
–…
– Se las abriste, ¿no es así? Pero lo negabas. Eso no es bueno, Dadá.
– (Sin despegar la vista del cristal, comienza a lagrimear)
– ¿Por qué lo hiciste?
– (Cita) “Es una metáfora de una parte de la vida que tendría que volar como un ave loca, pero está enjaulada…”
– (Completa la cita) “… y esa otra parte de la vida que envidia y teme a las aves que vuelan como locas y las enjaulan.”
– (Sigue con la vista fija hacia fuera, puesto que con quién habla no es alguien físico) (Seca una lágrima)
– ¿Lo vas a corregir, Dadá?
– Si puedo, si.
– ¿Qué harás?
– (Frunce el ceño y mira el piso) Depende de la oportunidad.
– ¿A qué te refieres?
– Si puedo, pediré disculpas al amor.
– Y, ¿si la oportunidad no se presenta?
– Se tiene que presentar, pero, si no, entonces… (rompe en llanto)
– Oh, pequeña Dadá. Eres una niña descuidada y despistada. Temes de ti misma más que de nadie.
– No me hubiese gustado terminar lastimada.
– Y, ¿qué fue lo que pasó? Además de lastimarte a ti misma, lastimaste a otra persona.
– No lo pensé. Fue sin querer.
– ¡Qué curiosos son los humanos y su manera de evitar todo lo que les puede hacer bien!
– (Sigue llorando) (Se pone las rodillas contra el pecho y abraza sus piernas)
– ¡Di algo, Dadá!
– Ya no se qué más decir. (Seca sus lágrimas) Si a la escritora se le acaban las palabras, a mi también. Nos pones contra la espada y la pared. (Mira a todos lados)
– Te has metido a un laberinto, Dadá. Yo no lo he hecho por ti.
– (Vuelve a llorar y se recarga en la ventana)
– Va a ser difícil encontrar la salida.
– Tal vez yo no quiero encontrar la salida. Quiero encontrarlo y hablar.
– Entonces, eso es aún más difícil. Pero, te deseo suerte.


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